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Yo misma, Internet y todos mis compañeros

30 Ene

En mi vida he estado menos sola que ahora. Ni como lectora, ni como escritora, ni como animal político, ni en ningún otro aspecto de mi persona. E Internet tiene que ver mucho con esta sensación de compañía.

Si no fuera por Internet, yo dudaría de que hubiera mucha más gente que compartiera mis gustos y mis ideas, porque mis gustos y mis ideas no son, desgraciadamente para mí y para los que piensan parecido a mí, mayoritarias. Y la hay, vaya si la hay, aunque no veamos reflejo de nuestras ideas políticas en telediarios y en apenas algún periódico, y nuestros autores favoritos no aparezcan en escaparates ni suplementos. Me hubiera gustado saber de economía antes, pero quizá no con tanto ímpetu como para matricularme en la universidad o comprarme tomos de 1.000 páginas,; sin embargo ahora, gracias a internet, he podido pedir una hipoteca conociendo los términos y sabiendo a qué me estaba condenando; puedo formarme y dar una opinión sobre temas que antes me estaban vedados; puedo saber, con un margen de acierto bastante amplio, quién me engaña y para qué (y con suerte, algún golpe esquivo: es, a mi parecer, una de las utilidades del conocimiento cuando, insisto, lo que impera es la era de la información, del borreguismo, de la superficialidad y de la rentabilidad.)

Oigo que se acusa a internet de fomentar eso precisamente: la banalidad, el consumo rápido. Supongo que internet es un universo tan vasto que cada uno encuentra lo que quiere, o lo ve desde el prisma que quiere verlo. Internet es el paraíso del porno; internet es el edén de los juegos on line, de los chats, de los grupos neonazis, de la viagra, del compre-juegue-gane ahora.
Internet es también para aquellos que en su vida han tenido voz ni voto y que no se ven reflejados en los medios generalistas o que no tienen para gastarse 100 euros cada vez que visitan una librería. Internet es para las revistas de análisis político y económico por las que ningún empresario apostaría en papel. El lugar donde no existen las élites ni los monopolios de información efectivos (están, claro que sí, pero no pueden coparlo todo.) Internet es la biblioteca que contiene lo mismo para la muchacha de un pueblo de Albacete que para el editor del New York Times (cuando pienso en esa enciclopedia que mi padre me regaló teniendo que endeudarse, esa enciclopedia cara y a la que le faltaba tanta información, esa enciclopedia que nunca sació mi hambre y que me llenó de culpa al ver los recibos con que la pagábamos…) Internet es la plaza pública en la que todas las voces se oyen al mismo volumen (y por eso las temen tanto, aquí y en Egipto, dictatorzuelos y gobiernos occidentales.) Es el sitio en el que la cultura puede escapar del mercado, porque yo puedo acceder a una película coreana que nadie aquí tenía ninguna pretensión de estrenar gracias a que alguien (!bendito sea!) por amor al arte ha decidido currarse unos subtítulos y ponerlos a mi disposición. O a series que nunca han llegado a España o que si han llegado han sido tratadas sin respeto, dejando de emitirlas, o poniéndolas a las dos de la mañana. Y a lo mejor esto no parece importante, pero mi acervo cultural debe tanto a algunos libros como a los Soprano o a Mad Men.

Y volvemos a lo nuestro: no todo lo que se publica era bueno antes ni es bueno ahora. Internet no garantiza calidad (como tampoco nunca la garantizó el papel; eso no creo que admita discusión, si nos damos una vuelta por la mesa de novedades de cualquier librería.) Pero para los que antes teníamos que escalar escalafones y hacer “carrera literaria”, se han facilitado enormemente los pasos previos. Podemos conocernos, leernos entre nosotros, sin tener que esperar al premio, a la fiesta, al tepresentoa que antes no estaba a nuestro alcance o lo estaba después de probar… ¿nuestra calidad o nuestra comercialidad?

¿Que en la red no hay criterio? El criterio se lo hace uno mismo, ahora y como siempre, y cuanta mayor sea la cantidad de información de la que se dispone, con más base se contará para construirse ese criterio. No hay que olvidar, además, que el criterio no es un concepto unívoco. Gente que sabe puede discutir horas sobre la calidad de este autor o esta obra. En la Red puede hallarse mucho escrito que probablemente nunca hubiera llegado al papel porque se nota que al autor le falta experiencia, formación, trabajo… pero existen destellos en función de otras cualidades -frescura, originalidad, fuerza- que justifican, al menos, la lectura y el seguimiento de esa obra. Y no olvidemos tampoco que todo el mundo tiene derecho a expresarse, ya sea para volcar sus sentimientos, para que lo lea su madre, para enriquecerse con los comentarios de los demás… otra cosa es que uno, como lector, tenga distintos intereses y si sólo capta un afán, digamos, de desahogo, no vuelva por esa página. O a veces vuelva en busca de valores considerados normalmente “extraliterarios”.

Yo no sé si llegará el momento en que el papel deje de tener sentido… para mí a día de hoy lo tiene y no quiero renunciar a él: me gusta el papel impreso, pasear los libros de un lado a otro, leer en el metro, regalar y dedicar los que yo escribo, notar su peso en el buzón, ver los lomos en las estanterías, doblar las esquinas de las hojas, subrayar… Pero mis textos no son mejores por estar en papel. Quizá, sí, más corpóreos, más físicos, más disfrutables, más sensuales, como son para mí todos los libros impresos. Y una vez dicho que amo el papel -aunque creo haber superado cierto fetichismo que, por ejemplo, hace que ya no acumule libros, sino que, en su mayoría, los regale- voy a decir también que yo sin la red no sería quien soy como poeta. Ni mucho menos. La mayor parte de mis lectores -esos que luego se compran el libro- me han conocido por la red. Tener un blog antes de publicar -y haber recibido ya críticas de lectores- hizo que me sintiera más segura cuando mandé mi libro a una editorial. Las otras veces que había probado suerte en el mundillo editorial lo hice de una forma digamos acomplejada, permitiendo y auspiciando una relación paternalista y de poder entre autor y editor, de siustedpudieraleermimanuscrito y hacermeelfavordepublicarlo… sentimiento que no he tenido nunca en esta nueva etapa. Igual que no he tenido que acercarme a mendigar a un editor tampoco he tenido que abordar a un escritor muerta de la vergüenza. Me los he encontrado en blogs, en revistas digitales, en facebook, me han contestado, me han preguntado, me han comentado, me han invitado… de forma totalmente espontánea y de igual a igual, como la gente que ha querido hacer una reseña o colgar un poema de mis libros. Ni la editorial ha pagado, ni yo he insistido ni peloteado a nadie: aquí, las cosas pueden surgir de forma limpia. Como después de varios años de carteo, puede suceder que unos poetas se sienten a comer cocido y a beber vino en la mesa de mi casa. Aquí, existen los regalos, y muy a menudo una se los encuentra.
Internet puede ser un nuevo mercado, pero un mercado que no se rige por las mismas reglas que los demás. Y eso ya me parece un cambio revolucionario, al mismo nivel que el de la imprenta. A veces se los intenta enfrentar… pero sinceramente creo que la relación entre ellos es más de parentesco. Quizá de madre e hijo (y no olvidemos que a menudo son los hijos los que acaban cuidando de los padres.)

Otro día hablaremos del… dinero. Que es un buen tema, pero en estos lares, creo, no es lo más importante.

Yo misma, Internet y todos mis compañeros

3 Mar

En mi vida he estado menos sola que ahora. Ni como lectora, ni como escritora, ni como animal político, ni en ningún otro aspecto de mi persona. E Internet tiene que ver mucho con esta sensación de compañía.

Si no fuera por Internet, yo dudaría de que hubiera mucha más gente que compartiera mis gustos y mis ideas, porque mis gustos y mis ideas no son, desgraciadamente para mí y para los que piensan parecido a mí, mayoritarias.  Y la hay, vaya si la hay, aunque no veamos reflejo de nuestras ideas políticas en telediarios y en apenas algún periódico, y nuestros autores favoritos no aparezcan en escaparates ni suplementos. Me hubiera gustado saber de economía antes, pero quizá no con tanto ímpetu como para matricularme en la universidad o comprarme tomos de 1.000 páginas,; sin embargo ahora, gracias a internet, he podido pedir una hipoteca conociendo los términos y sabiendo a qué me estaba condenando; puedo formarme y dar una opinión sobre temas que antes me estaban vedados; puedo saber, con un margen de acierto bastante amplio, quién me engaña y para qué (y con suerte, algún golpe esquivo: es, a mi parecer, una de las utilidades del conocimiento cuando, insisto, lo que impera es la era de la información, del borreguismo, de la superficialidad y de la rentabilidad.)

Oigo que se acusa a internet de fomentar eso precisamente: la banalidad, el consumo rápido. Supongo que internet es un universo tan vasto que cada uno encuentra lo que quiere, o lo ve desde el prisma que quiere verlo. Internet es el paraíso del porno; internet es el edén de los juegos on line, de los chats, de los grupos neonazis, de la viagra, del compre-juegue-gane ahora.
Internet es también para aquellos que en su vida han tenido voz ni voto y que no se ven reflejados en los medios generalistas o que no tienen para gastarse 100 euros cada vez que visitan una librería. Internet es para las revistas de análisis político y económico por las que ningún empresario apostaría en papel. El lugar donde no existen las élites ni los monopolios de información efectivos (están, claro que sí, pero no pueden coparlo todo.) Internet es la biblioteca que contiene lo mismo para la muchacha de un pueblo de Albacete que para el editor del New York Times (cuando pienso en esa enciclopedia que mi padre me regaló teniendo que endeudarse, esa enciclopedia cara y a la que le faltaba tanta información, esa enciclopedia que nunca sació mi hambre y que me llenó de culpa al ver los recibos con que la pagábamos…) Internet es la plaza pública en la que todas las voces se oyen al mismo volumen (y por eso las temen tanto, aquí y en Egipto, dictatorzuelos y gobiernos occidentales.) Es el sitio en el que la cultura puede escapar del mercado, porque yo puedo acceder a una película coreana que nadie aquí tenía ninguna pretensión de estrenar gracias a que alguien (!bendito sea!) por amor al arte ha decidido currarse unos subtítulos y ponerlos a mi disposición. O a series que nunca han llegado a España o que si han llegado han sido tratadas sin respeto, dejando de emitirlas, o poniéndolas a las dos de la mañana. Y a lo mejor esto no parece importante, pero mi acervo cultural debe tanto a algunos libros como a los Soprano o a Mad Men.

Y volvemos a lo nuestro: no todo lo que se publica era bueno antes ni es bueno ahora. Internet no garantiza calidad (como tampoco nunca la garantizó el papel; eso no creo que admita discusión, si nos damos una vuelta por la mesa de novedades de cualquier librería.) Pero para los que antes teníamos que escalar escalafones y hacer “carrera literaria”, se han facilitado enormemente los pasos previos. Podemos conocernos, leernos entre nosotros, sin tener que esperar al premio, a la fiesta, al tepresentoa que antes no estaba a nuestro alcance o lo estaba después de probar… ¿nuestra calidad o nuestra comercialidad?

¿Que en la red no hay criterio? El criterio se lo hace uno mismo, ahora y como siempre, y cuanta mayor sea la cantidad de información de la que se dispone, con más base se contará para construirse ese criterio. No hay que olvidar, además, que el criterio no es un concepto unívoco. Gente que sabe puede discutir horas sobre la calidad de este autor o esta obra. En la Red puede hallarse mucho escrito que probablemente nunca hubiera llegado al papel porque se nota que al autor le falta experiencia, formación, trabajo… pero existen destellos en función de otras cualidades -frescura, originalidad, fuerza- que justifican, al menos, la lectura y el seguimiento de esa obra. Y no olvidemos tampoco que todo el mundo tiene derecho a expresarse, ya sea para volcar sus sentimientos, para que lo lea su madre, para enriquecerse con los comentarios de los demás… otra cosa es que uno, como lector, tenga distintos intereses y si sólo capta un afán, digamos, de desahogo, no vuelva por esa página. O a veces vuelva en busca de valores considerados normalmente “extraliterarios”.

Yo no sé si llegará el momento en que el papel deje de tener sentido… para mí a día de hoy lo tiene y no quiero renunciar a él: me gusta el papel impreso, pasear los libros de un lado a otro, leer en el metro, regalar y dedicar los que yo escribo, notar su peso en el buzón, ver los lomos en las estanterías, doblar las esquinas de las hojas, subrayar… Pero mis textos no son mejores por estar en papel. Quizá, sí, más corpóreos, más físicos, más disfrutables, más sensuales, como son para mí todos los libros impresos. Y una vez dicho que amo el papel -aunque creo haber superado cierto fetichismo que, por ejemplo, hace que ya no acumule libros, sino que, en su mayoría, los regale- voy a decir también que yo sin la red no sería quien soy como poeta. Ni mucho menos. La mayor parte de mis lectores -esos que luego se compran el libro- me han conocido por la red. Tener un blog antes de publicar -y haber recibido ya críticas de lectores- hizo que me sintiera más segura cuando mandé mi libro a una editorial. Las otras veces que había probado suerte en el mundillo editorial lo hice de una forma digamos acomplejada, permitiendo y auspiciando una relación paternalista y de poder entre autor y editor, de siustedpudieraleermimanuscrito y hacermeelfavordepublicarlo… sentimiento que no he tenido nunca en esta nueva etapa. Igual que no he tenido que acercarme a mendigar a un editor tampoco he tenido que abordar a un escritor muerta de la vergüenza. Me los he encontrado en blogs, en revistas digitales,  en facebook, me han contestado, me han preguntado, me han comentado, me han invitado… de forma totalmente espontánea y de igual a igual, como la gente que ha querido hacer una reseña o colgar un poema de mis libros. Ni la editorial ha pagado, ni yo he insistido ni peloteado a nadie: aquí, las cosas pueden surgir de forma limpia. Como después de varios años de carteo, puede suceder que unos poetas se sienten a comer cocido y a beber vino en la mesa de mi casa. Aquí, existen los regalos, y muy a menudo una se los encuentra.
Internet puede ser un nuevo mercado, pero un mercado que no se rige por las mismas reglas que los demás. Y eso ya me parece un cambio revolucionario, al mismo nivel que el de la imprenta. A veces se los intenta enfrentar… pero sinceramente creo que la relación entre ellos es más de parentesco. Quizá de madre e hijo (y no olvidemos que a menudo son los hijos los que acaban cuidando de los padres.)
Otro día hablaremos del… dinero. Que es un buen tema, pero en estos lares, creo, no es lo más importante.

Cómo formarse un criterio

17 Feb

En las entradas y en los comentarios de este blog, es frecuente encontrar la siguiente duda: ante la cantidad ingente de poetas y poemas que hay en la red, ¿cómo formarse un criterio, cómo distinguir el oro de la hojalata?
Pero ¿vosotros pensáis que tanto han cambiado las cosas? ¿Que antes había maneras claras, fiables, directas de hacerse un criterio sobre la calidad de tal autor o tal obra?
Porque, corregidme si me equivoco, pero: no todos los críticos literarios ni sus medios han sido siempre rigurosos y ajenos a modas, compromisos y servidumbres de todo tipo; no todas las editoriales mantienen siempre una línea de calidad regular o son garantía de calidad de lo que publican; no todos los grandes autores han llegado al canon que se enseña en colegios, institutos y universidades; no todas las antologías han recogido fielmente a los autores que en cada momento valía la pena resaltar, bien por exceso, bien por defecto…
¿De verdad las cosas han cambiado ahora tanto como para quejarnos? Yo creo que al final todo consiste en leer mucho, sacar conclusiones, fiarse uno de su propio instinto y tratar de difundir aquello en lo que cree, sumar lectores a su causa (y a sus gustos y creencias). No se trata del todo vale, sino más bien de todo lo contrario: sin tener que esperar un sello de calidad, argumentor cómo escribimos y qué leemos. Porque nunca va a existir un consenso pero esa falta de acuerdo no significa que no tengamos -cada uno el nuestro, sobre el que se puede, y conviene, debatir- un criterio que nos guía y nos salva.

Back to basics

3 Feb

A menudo me hacen esta pregunta: ¿cómo es escribir directamente para un blog? Y tengo que aclarar que yo no, yo no escribo directamente para mi blog. Yo escribo poemas que aspiran a formar parte de poemarios, escribo poemarios que aspiran a ser publicados en papel. En mi blog a veces cuelgo poemas a cuento de algo en concreto (aniversarios, huelgas generales, dedicatorias, o porque me apetece). Pero mi blog está dedicado principalmente a la obra de otros poetas, es más bien un cuaderno de lecturas donde cuelgo los poemas que me han emocionado para compartirlos con quien quiera asomarse a mirar. También cuelgo reseñas, avisos de recitales y presentaciones, entrevistas, etc.
Esto me lleva a que bajo la categoría “blogs literarios” o “blogs poéticos” caben muchos tipos de blogs. Hay quien crea directamente para su blog, pero también hay blogs dedicados a la obra ajena, o a poemas visuales, o para autopromoción, o para la divulgación de actos, o un poco de todo ello.
Con el uso que yo hago de mi blog no quiero decir que el papel impreso esté por encima de la creación que se hace exclusiva para la red. De hecho hay grandes poetas que no han publicado en papel -como Batania o Bárbara Butragueño- y los admiro y respeto tanto o más que a los que estamos enfocados al libro tradicional. Espero como lluvia en primavera los textos que escriben para sus blogs Isabel Bono, Inma Luna, Cristina Morano… y creo que cualquiera de ellos está a la altura y hasta por encima de otros textos que vienen refrendados por un editor y una editorial. En cierto modo admiro su generosidad y la posible renuncia al papel, yo que conozco el vértigo, el poder y el miedo de exponer un poema, que nadie ha leído antes, en estas ventanas que dan al ancho mundo.
Pero quizá el vértigo, el poder y el miedo son demasiado para mí, y todavía necesito delegar parte de ellos, compartirlos con un editor y lanzarlos lejos.
Quizá todavía me quedan fetichismos y viejas costumbres.
Eso sí, por favor, luego que vengan los lectores, los poetas, y me comenten esos largos posts que son mis libros.

¿Sobra información o falta reflexión?

21 Ene

¿Mucha información? Me resulta difícil encontrar en ello un motivo de queja. Es el mismo sentimiento abrumador que podríamos tener entrando en una biblioteca o en La Casa del Libro. Pero ¿nos hemos quejado alguna vez de librerías y bibliotecas? Más bien todo lo contrario.
Gracias al “exceso” de información, en la Red pueden encontrarse maravillas como esta: una tesis monográfica acerca del poeta Yehuda Amijai, escrita por su principal traductora, Raquel García Lozano, de más de 800 páginas. ¿Dónde íbamos a haber encontrado esto antes? Yo, desde luego, no hubiera sabido por dónde empezar a buscar. Y ahora lo tengo a la distancia de un golpe de teclado.
¿Mucha información? De lo que yo me quejo es de la falta de tiempo para todo lo interesante que hay. Abro mi blog cada mañana y repaso los blogs que tengo enlazados -los hay de todo tipo; otro día hablaremos de todo lo que se engloba bajo el título “blog literario”- y que son los que a lo largo de los años he ido encontrando de más interés. No siempre tengo tiempo para verlos detenidamente, pero hay varios a los que recurro para empezar el día con satisfacción -casi- asegurada.
Lo que sí es cierto es una cosa: hace falta criterio, para buscar, para hallar, para seleccionar, para leer, que, al fin y al cabo, es lo importante aquí. Hace falta construirse un canon personal -y estar dispuesto a dejarse sorprender, claro. Y para ello también existen blogs, para satisfacer esa necesidad que tenemos de reflexionar juntos. Esa era la labor que hacían antes las tertulias y talleres, tarea que sigue siendo necesaria como lo demuestra el éxito de blogs como Crítica poética y contracrítica (http://criticadepoesia.blogspot.com).
Para quien se sienta superado por la cantidad, es fundamental que entre la avalancha de información haya voces que se atrevan a opinar, reflexionar, criticar, dar razones. En definitiva, sólo si somos generosos y valientes construiremos algo válido y duradero a partir de la pura -y bendita- información.

Poesía & Redes: razones para su defensa (2)

19 Ene

A esta sociedad le son gratos los eslóganes. En los eslóganes no hay lugar para la reflexión, para las subordinadas, para los matices, para los terceros. Esta es una sociedad de elecciones rápidas, dualistas: PP o PSOE, Real Madrid o Barcelona, indie o mainstream, Beatles o Rolling, Borges o Cortázar, Belén Esteban o la Campanario.
Pantalla o papel. Yo me niego a elegir. Mientras pueda, mientras me dejen, mientras, lo disfrutaré todo. La información, la rapidez, la universalidad inmediata de la pantalla, el vagabundeo. De repente, algo capta mi atención: un poema, una biografía, una reseña, una entrevista. Paso de la pantalla al papel a través de la impresora, y paso de la inhóspita silla del escritorio al acogedor y espacioso sofá. Y allí me tumbo, como después de una carrera, a degustar el fruto de mi errancia por la red.
Sólo confieso un problema: mi ritmo interno es lento, pero soy proclive a dejarme influir por los ritmos externos. Y a veces me cuesta parar. El sofá es demasiado cómodo, a veces, para mi inquietud. Desde el sofá se ve la pantalla, brillando a lo lejos. Y para evitar la tentación de seguir perdida -encontrarse requiere un trabajo de concentración, una disciplina- tengo que sentarme de tal manera que la pantalla quede fuera de mi vista. Pero no culpemos a la pantalla. Antes eran las voces de la calle, o las galletas en la despensa, o el teléfono o la televisión. La inquietud ya es nuestra y hay que domarla desde dentro.

Poesía & redes: razones para su defensa (1)

17 Ene

Primera imagen: mientras leo, sueño con una habitación contigua en la que amigos y desconocidos están a sus cosas. De repente, encuentro en mi lectura un poema, un verso o una imagen deslumbrantes, de esos difíciles de llevar en soledad. Salgo corriendo con el libro entre las manos, entro en esa habitación llena de gente y les leo en voz alta. Tal como hacía mi madre, tal como hice yo con mi hija. Termino, les miro abrumada y cierro la puerta, me vuelvo a mi cuarto de lectura. Se toman su tiempo para pensar en el poema, el verso o la imagen que les he leído. Durante unas horas, alguno llamará a mi puerta, vendrá hasta mi sillón, me dirá lo que le ha provocado mi lectura en voz alta, y charlaremos breve, respetuosamente. Otros más tímidos callarán, pero yo no me tomaré su silencio por indiferencia. La lectura seguirá siendo en soledad, como siempre; pero será de esas soledades elegidas e interrumpidas voluntariamente, que son las que de verdad nutren.